martes , noviembre 24 2020
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Cuando la palabra “Libre” no importa en “Software Libre” Parte 2

Luego de publicar la Primera Parte de este artículo, continuo con mi opinión sobre la idea de Benjamin Humphrey sobre el mejoramiento de la calidad del Software Libre.

No obstante, hay un punto de lo que dice Benjamin que es cierto: «la gente prefiere la calidad sobre la gratuidad. Son pocos los que aceptarían algo que no sirve para nada, aún cuando fuera gratuito» (y esto vale en términos generales, no sólo para el software). Sin embargo, yo creo que el problema está en el hecho de que sólo pensemos en la calidad o gratuidad del software y no sobre nuestra libertad. Nuestra libertad como usuarios está intrínsecamente relacionada con el proceso de desarrollo del software. En la medida en que los usuarios empiecen a conocer un poco más cómo funcionan y cómo se desarrollan los programas que utilizan, así como también en la medida en que el desarrollo de ese software sea lo más abierto e igualitario posible, serán más libres tanto los usuarios como los desarrolladores que crean ese software.

Un software de gran calidad, también puede ser «malo»
La idea de que queremos que el software sea potente y confiable viene de la suposición de que el software está diseñado para servir a sus usuarios. Si es potente y confiable, eso significa que los sirve mejor.

Pero sólo se puede decir que el software sirve a sus usuarios si respeta su libertad. ¿Qué pasa si el software es diseñado para encadenar a sus usuarios?. Entonces, la potencia únicamente significa que las cadenas son más restrictivas, y la confiabilidad significa que son más difíciles de quitar. Las funcionalidades maliciosas, como el espiar a los usuarios, restringir a los usuarios, las puertas traseras y las actualizaciones impuestas son comunes en el software privativo. Desde un punto de vista técnico pueden ser piezas de software excepcionales, pero ¿son deseables?

¿La calidad es lo que hace a los usuarios usar un determinado software?
Benjamin, parece creer que la calidad termina siendo el factor determinante a la hora de elegir un software. Eso sería cierto en un mundo ideal, pero no en este.

Lo cierto es que gran parte de la gente NO elige el software que usa, sea esto por imposiciones del mercado (la máquina que compraste en esa tienda de electrónica ya venía con Windows instalado, el archivo que precisás abrir sólo puede ser leído con X programa, etc.) o simplemente por ignorancia (no sabías de la existencia de otras alternativas o, peor aún, le tenés terror a tu computadora y no te animás a instalar o tocar nada, mucho menos a formatearla e instalar otro SO, etc.). Estas son prácticas, dicho sea de paso, alentadas por aquellos que producen software privativo. De allí la importancia de denunciarlos y luchar no sólo por la propagación sino también por la mejoración del software libre (no del software de «código abierto» ).

Tampoco habría que subestimar el poder de la moda y la propaganda. El propio Benjamin nos dice que «todos somos ovejas», pero se olvida de ello al pretender que «en el fondo todo se reduce a la calidad del software». Creo que los «casos típicos» son los productos de Apple-iPhone, iPod, iPad, Mac. Ellos deben gran parte de su popularidad a un manejo realmente envidiable de marketing, no a su calidad superlativa.

Aquellos usuarios con un poco más de conocimientos y conciencia que sí son capaces de elegir el software que usan, pueden toparse con otro problema importante: tienen que pagar cifras exhorbitantes o, nunca mejor dicho, cifras privativas para obtenerlo. Caso típico: Microsoft Office.

Claro, Benjamin nos recuerda que la piratería es una opción válida y muy popular en estos casos. No obstante, lejos de «joder» a los monopolios, la piratería los beneficia. En lo que al software respecta, la piratería sólo ayuda a diseminar virus y malware, además de prácticas erróneas e ilegales, que lejos de crear un ámbito propicio para el desarrollo de software, lo perjudican.

Ello no por las razones que Bill Gates argumentara en su famosa carta «si pagás por el auto que usás, por qué no pagar también por el software», sino porque encontrándonos en la «era de Internet», en la que cada vez es más fácil transmitir información y compartirla con los demás, ya no tiene sentido este tipo de prácticas restrictivas (como el desarrollo de software propietario). Por el contrario, el desarrollo de software libre, así como todo el movimiento de cultura libre (Wikipedia incluido), sólo pudo haber sido posible gracias a Internet y a que ésta se basó en estándares libres. Lo que estas compañías necesitan comprender es que es posible hacer negocios creando software libre (Android es un muy buen ejemplo) y que la masificación de Internet hace cada vez más difícil el sostenimiento de las prácticas que acompañan al software propietario (sea por la piratería, la aparición de alternativas libres, la mayor facilidad de distribuir copias, la imposibilidad de controlar a todos los usuarios y de imponerles sanciones, etc.).

Por último (seguro ya se me hartaron), y no por ello menos importante, usar software libre no es una cuestión meramente de calidad sino de libertad. Lo que está en juego no es la posibilidad de contar con increíbles efectos de escritorio, atrayentes a los ojos, sino tu libertad. Allí reside la mayor ventaja del software libre por sobre el software propietario, más allá de sus ventajas «técnicas» (que también las tiene). ¿Que al usuario final no le importa su libertad? Bueno, nuestra lucha está en hacer que le importe. Además, les aseguro que los usuarios de los productos Apple, que aman la «belleza» y «simplicidad» de sus productos y se «sienten bien» de «ser parte del Club de la Manzanita», también les dan soberanamente en las pelotas todas las restricciones y limitaciones que le son impuestas… una suerte de «mano invisible» que los sujeta a los caprichos de Apple.

Hay que ponerse del lado del usuario final
El esfuerzo que hace Benjamin es válido: quiere ponerse en el lugar de los usuarios finales y pensar por qué eligen software, a diferencia de los desarrolladores. Al hacerlo, concluye que a los usuarios finales, no les importa un comino qué tan «libre» sea un software, o sea, no les importa la forma en la que se desarrolla el software sino qué tan bueno es.

La intención es válida porque, en definitiva, hay más usuarios que desarrolladores. El problema es que, como ya vimos, casi nunca el usuario final decide realmente qué software usar y, en muchos casos, cómo o cuándo usarlo (licencias que limitan el software sólo para uso personal, por ejemplo). Sin embargo, Benjamin tiene razón cuando dice que la mayor parte de los usuarios está más preocupado por el producto en sí mismo que por cómo se produjo. En realidad, esto podemos trasladarlo a otros ámbitos: los compradores que se «matan» por tener el Jean Kosiuko que está de moda no están pensando en los inmigrantes ilegales que lo fabricaron en condiciones infrahumanas. De por sí, eso es algo que, si bien puede ser la regla, hay que denunciarlo e intentar cambiarlo. Esa es una decisión ética que sobrepasa los límites del software; es una elección sobre el mundo en el que querés vivir y cómo construirlo…

…evadir esa pregunta es convertirte en un cómplice o en un ignorante.

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